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Un magistral Tomás Rufo, sin triunfar, borda el toreo en Albacete

Los toros de La Quinta protagonizan la cuarta corrida de toros de la Feria de la Virgen de Los Llanos de Albacete

La crónica de Salvador Ferrer

14/09/26. El maestro Manuel Jesús El Cid, Emilio de Justo y Tomás Rufo redondeaban un cartel para aficionados. De los que no llevan clavel en la solapa. Volvió a sonar el himno de España, versión reducida, como prolegómeno al despeje de plaza tras el paseíllo. Cosa que se agradece, lo de reducida, digo. Pretender nacionalizar un arte tan universal como el toreo, por mera pose ideológica, no deja de ser una exaltación inoportuna de algunos patriotas compatriotas.

De verde hoja, El Cid ya reverdeció laureles en esta misma plaza y con esta misma ganadería el año pasado. Apretó en banderillas el santacoloma, brindó al respetable El Cid, torero respetado en todas las latitudes. Sin probaturas y sin apretar comenzó Manuel en redondo. Templado y dispuesto, con su nervio el toro de la familia Conradi. Bravo, gateaba pero no regaló nada porque fue bravo. Codicioso. Exigente. Expuso El Cid sin vender la moto. La faena no levantó grandes vuelos artísticos pero mantuvo en vilo la intensidad y la emoción. La verdad humana y animal. Toro ovacionado en el arrastre y torero ovacionado desde el tercio.

La lidia del cuarto deambuló por los derroteros de la monotonía. Dormida, incierta e inquietante la embestida. De viaje corto, además. Hizo bien Manuel en presentarle la muleta atrás para aprovechar la escasa inercia. Nada. La cara de El Cid era un poema. Desolación del torero. “¿Me habéis oído? Silencio, silencio he dicho. ¡Silencio!” Así acabó Lorca “La Casa de Bernarda Alba”. Silencio aquí también.

Estrellado, bragado, astiblanco y coliblanco fue el segundo. Degollado de papada. El número 100 en el costillar. Emilio de Justo, de grana y oro, firmó un inicio muy torero y con mucho sentido. La segunda serie fue notable. Muleta lacia, trazo dominador, figura asentada. Acrecentado todo en la tercera. Toro de mejores embroques que finales, con la cara alta. Preciso y listo el extremeño. Alberto Núñez Feijóo, al lado del alcalde Manuel Serrano, presenció la corrida en un palco. El año pasado se fue a mitad corrida y este año… también. Muy mal don Alberto. No me imagino a una autoridad yéndose en la media parte del Bernabéu o de Riazor. Queda muy feo. O se está desde el paseíllo hasta que arrastran al sexto o mejor no ir a los toros. Cayó la espada. El toro y el torero fueron aplaudidos. Idéntico resultado que en el primero de la tarde. Curioso.

Al chato quinto lo recibió de Justo con hondas verónicas. Con reminiscencias de Pablo Romero el entrepelado santacolomeño. Hubo una serie luminosa del extremeño justo en el momento que se encendieron los focos de la plaza. Brotaban chispas del traje de luces. Puro cromatismo. Por h o por b no prendió el fuego de la emoción. Pero Emilio lo intentó con clasicismo y el toro embistió sin muchas calidades hasta que se rajó. Nada. Incomprensiblemente aplaudieron, tibiamente eso sí, al toro. (?).

Al tercero lo aplaudieron, por guapo, de salida. Cárdeno, fino. Elástico, serio con sus 474 kilos.
Tomás Rufo, de corinto y oro, lo recibió con un surtido capotero. Qué bien maneja Tomás el percal. Y la franela. Mecido lo llevó al caballo. Luego quitó por mandiles y finiquitó con una hermosa y lenta media a la cadera. Como si se desperezaran los pétalos de una rosa. Sergio Blasco y Fernando Sánchez se desmonteraron. Los pitones pasaron por el chaleco. Qué belleza ver banderillear con tanta pureza y todas las ventajas.

Rufo le pegó dos derechazos cumbres de buenas a primeras. Dormido el trazo, relajado el cuerpo. Soberbia la siguiente serie: más maciza y más fibra. También más exigente. Con la izquierda hubo naturales que si los pega Morante lloran los poetas del régimen. Se corren las tintas. Hubo uno, especialmente, para enseñar en las escuelas. Magistral. El toreo de lujo de Rufo se echó a perder, numéricamente por la espada. Pero en el disco duro y en la memoria de los buenos aficionados quedará. Malditos los aceros que no dejan al público saborear lo acontecido. ¿Y qué importan las orejas tras ver torear así? Qué gozada, Tomás.

Genuflexo y torerísimo fue el prólogo de Rufo ante el sexto, que ya salió con el freno de mano puesto. O con el gas en reserva pero con pacífico son. Tomás le dio tiempos en una faena variada que no estalló en triunfo. Pero el estallido del toreo ya quedó para el recuerdo en su anterior turno. No cuajó la petición quizá por la colocación de la espada.

Salvador Ferrer
Periodista

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