
MORANTE SACUDE EL CORAZÓN DE ALBACETE
Faena histórica y primera Puerta Grande del cigarrero en Albacete. Gran tarde de toros en la que Paco Ureña y Borja Jiménez pasearon una oreja por coleta y mostraron su mejor versión.
Crónica de Carmelo Lopez

Quinta de abono y segundo cartel de «No hay billetes» para ver a Morante junto a Paco Ureña y Borja Jiménez, con toros de Domingo Hernández.
Quien compra una entrada para una corrida de toros aquí conserva la esperanza de sentir algo que nunca podrá encontrar fuera de este círculo mágico con 110 años de antigüedad. Veníamos de una Puerta Grande ultraprocesada, con la esperanza de que fuera hoy el día que Morante se desencadenara en Albacete.
Había sido Morante en nuestra plaza un náufrago metódico que nos hizo contar las tardes que nos faltaban para morir sin verlo salir a hombros. Apenas dos orejas sueltas en 29 años de alternativa.
Fue fea y con aire remendón la corrida de Domingo Hernández, justo de fuerzas y de recorrido el primero, al que el torero de La Puebla del Río le ligó un recibo por verónicas con el sello de la casa, algunas tropezadas, otras de gran belleza. La gran ovación a los primeros caballos que asomaron por la puerta de cuadrillas fue la forma que tuvo la afición de mostrar su cariño y respeto a la cuadra de caballos de «El Pimpi de Albacete», que ayer sufría un duro golpe tras perder a uno de sus miembros equinos. Fue «Preferido» el primer astado en pasar dos veces por el caballo en lo que llevamos de Feria y le faltó entrega en la muleta de Morante, que le firmó lo mejor sobre el derecho a media altura, a base de colocación y hondura, ligando los muletazos por momentos y desatando la alegría en los tendidos. No lo vio con la espada y al metisaca caído le siguió una estocada en el rincón que sirvió como refugio el genial torero rondeño Antonio Ordóñez cuando quería pasar el trance con alivio. El público agradeció la entrega de Morante con una ovación.
Salió en cuarto lugar un toro bajo y feote de nombre «Chulo», que se le coló dos veces e hizo torcer el gesto a José Antonio en ese momento, dada la pobre condición que apuntaba el animal. En los dos generosos puyazos, las diez mil personas que abarrotaban la plaza se sabían destinadas a aumentar el censo de los ahogados en la orilla del toreo. Tan cerca y tan lejos.
El ídolo sevillano es un torero atormentado, imprevisible, roto pero a la vez compacto, capaz de inventarse un toro donde parecía no haberlo. Lo fue haciendo en los primeros compases de la faena de muleta, exponiendo las femorales. No sonó la música durante la faena, pero de eso casi no nos dimos cuenta. Una vez lo tuvo en la muleta, la faena explotó en el plano artístico con series hondas y catedralicias por el derecho, profundas y con ese saleroso desgarro al natural. La perspectiva de una faena histórica que fue la forma que tuvo Morante de saldar su deuda con Albacete. Se tiró a matar más derecho que muchos de los toreros que portan la etiqueta de valientes y, con el espadazo trasero, la plaza se llenó de pañuelos. Dos orejas de ley como premio a una faena que le contaremos a nuestros nietos.
Ha sido implacable el toreo con Paco Ureña. Siempre tuvo la pureza como sello y la permanente desnudez de su entrega en todas las plazas. Hoy nos recordó a aquel de las cuatro orejas en Bilbao y nos dejó los mejores augurios para su cita clave con Victorinos en la Feria de Otoño. Tuvo el segundo de Domingo Hernández más poder que el abreplaza y, después de un recibo por delantales, Ureña lo administró con medida, tacto y pulso hasta que el toro se descompuso. Empleó la receta del toreo de cercanías, vestido de Dámaso y oro, y en el segundo circular el animal le pidió que se fuera a por la espada. Había calado en los tendidos una faena que quedó sepultada por el fallo a espadas.
El quinto fue el mejor de la corrida y tuvo la dificultad añadida de saltar al ruedo después del sincericidio de Morante. Comenzó de rodillas su faena al encastado toro salmantino y ligó después series muy profundas y de gran categoría que volvieron a poner en pie a los tendidos. Tenía las dos orejas en la mano cuando montó la espada. Fue más inoportuno que nunca el bajonazo, pero el público pidió la segunda oreja con desesperada alegría y la presidenta, Genoveva Armero, veló por el rigor de la plaza y acertó no concediendo el trofeo por la deficiente colocación de la espada. Paseó Ureña una oreja (tras aviso) de plomo, de cualquier plaza, sin conservantes ni colorantes y con más peso que alguna salida a hombros reciente.
Si no fuera por la espada, Borja Jiménez llevaría más de un año sentado en la mesa de las figuras. El de Espartinas está aprendiendo a comer despacio sin perder el hambre y mostró su versión más templada.
Se fue a saludar al tercero en una infartante portagayola que estuvo a punto de acabar en la enfermería. La salida alegre y el comportamiento abanto del toro salmantino propiciaron el puyazo en la querencia del animal. Abrió la faena con un pase cambiado en los medios y, a partir de ahí, el toro mostró su blandura y poco recorrido. Jiménez desplegó sus armas y anduvo siempre por encima del toro y, tras un espadazo eficaz, el público solicitó la oreja sin la rotundidad necesaria para que asomara el pañuelo por el palco de la presidenta.
Es una de las crueles paradojas de la temporada de Jiménez, que estoquea con facilidad a los toros de menos opciones y pincha a los de triunfo grande. No fue el caso de hoy. Cuatro largas y un farol para saludar al sexto, espoleado por la catarsis de Morante y la verdad de Paco Ureña. Lo lanceó con exquisita suavidad y temple a la verónica y en un quite por chicuelinas en el que a punto estuvo de ser prendido. Toreo al ralentí que fue el aperitivo de un inicio excelso por bajo a un toro con casta que tenía lo mejor por el pitón derecho.
Le ligó tandas por el derecho que hicieron de nuevo aplaudir con fuerza a los aficionados. Se la jugó por el izquierdo, donde el toro tenía un viaje incierto y menos recorrido. Se llevó al toro a los medios de la plaza y una estocada contraria, algo desprendida y un aviso, desató la unanimidad en la plaza y la oreja cayó en las manos del torero sevillano.
Los aficionados salimos temblorosos de la plaza, dando gracias a que nuestros mayores hayan podido verlo con sus propios ojos y pensando en lo que habrían disfrutado los que ya no están. Mientras, la ciudad, ajena aún a lo sucedido, nos recuperaba como ciudadanos. Ya mezclados con los demás, nuestros corazones seguían latiendo al compás del de Morante y una tarde sin más aditivos que la verdad. Caminamos entre la multitud con pasos torpes hacia la Feria, sin encontrar las palabras y sabiendo que jamás nos hemos equivocado en nada, salvo en las cosas que más queríamos.
