
Manuel Caballero corta una oreja de peso y Daniel Luque otra de orgullo torero
Castella paseó un apéndice sin relieve de un gran cuarto toro de Jandilla, aplaudido en el arrastre.
Salvador Ferrer
Periodista
Albacete 16 septiembre 2026. Los capotes de brega revoloteaban mientras las nubes encapotaban el cielo que cubre La Chata. La divisa azul del primer Jandilla coronaba su lustroso morrillo jabonero sucio: 544 kilos. Sonó el estribo en la primera vara. Antes sonó el himno nacional. Castella lo recibió con lances más lidiadores que artísticos.
El inicio de Castella fue puro látigo. Como de castigo para imponerse: poco tacto también. El toro respondió, a más. Encastado. Castella firme y dominador. En una baldosa se quedó y tragó. Mandó sin recrearse. Hubo más autoridad que mando, más imposición que tacto. Vibración sí, plasticidad casi nula. Un toma y daca. El mérito, todo; pero la nada artística. La espada cayó trasera. Bien la presidenta Genoveva Armero por no conceder la oreja. Aguantó el tirón. Y aguantó el chaparrón que amenazó la tarde hasta el cuarto. Castella se dio una vuelta al ruedo.
El cuarto, estrecho de sienes, de mazorca basta, y fino de cabos, era Jandilla puro. De los que suelen embestir. No falló el presagio. Mientras Castella, montera calada, se disponía a brindar al público, la lluvia arreció y comenzó a calar al gentío. Hubo una serie torerísima por el derecho. Reunida, templada. Sentida. Una dosis. La gente lo captó en seguida: el toreo bueno no pasa inadvertido nunca. Las hechuras del toro de Borja Domecq no falllaron. Excelente toro. Bravura y nobleza a raudales. Y codicia. Hubo otra serie menos limpia pero vibrante por el pitón derecho: la mano del toro. Se pasó de faena el torero de Beziers. Agarró una buena estocada tras un feo metisaca. Oreja. Quizá excesivo premio. Toro ovacionado en el arrastre.
El colorado segundo salió con la lengua fuera Luque, gran capotero, apenas pudo lucirse con la capa. Apuntó un quite por chicuelinas. Soberbio fue el inicio de Luque. Gobierno, sentido y temple. Gusto, sabor y quietud absoluta. Ni un centímetro se movieron las zapatillas. El viento hizo flamear la flámula pero no el dominio del torero de Gerena, en plan poderoso lidiador. Trató Daniel de meter en el canasto a un toro que le faltó fondo y transmisión. Sobradísimo Luque. Pinchó antes de dejar una estocada de manual. Ovación.
El quinto, alto de cruz, salió corretón. Ese trote chochón que marca poca entrega y menos clase. Y encima poca fuerza, y con su guasa. Y además el viento que molestó a Luque más que a nadie. Un desarme precipitó el desencanto entre el murmullo de resignación. Aún así, el sevillano le arrancó una serie con firmeza, sangre fría y corazón caliente. Y dos más. En un desplante le puso la cara a centímetros del testuz. Una exhibición de dominio, capacidad y un derroche de valor. Las luquecinas fueron la firma de una faena de premio y de orgullo torero. Y la estocada sin puntilla. Oreja arrancada para una actuación inmensa. Qué barbaridad.
Manuel Caballero, que el año pasado tomó la alternativa en tarde triunfal y emotiva, saludó a su primero con un farol de rodillas y un recibo variado y templado. El Jandilla derribó al piquero con sus 458 kilos. Apretó en varas el toro, metió los riñones en el segundo encuentro. Brindó Caballero al público de Albacete, que tanto quiere y arropa a sus toreros. El inicio por abajo fue inteligente y necesario. El jabonero tenía más carbón que jabón. Poderosa la segunda serie en redondo. Trazo largo y exigente. No fue fácil bajarle los humos de toro bravo al jandilla, que por el izquierdo bajó su emotividad. De nota los de pecho por ambos pitones. Y de sobresaliente la estocada: la ejecución, la colocación y la solemnidad. Oreja de peso.
El sexto, remiendo de Luis Algarra, fue toro sin excelencias. La lluvia volvió a hacer acto de presencia. El toro punteaba y derrotó tela en la franela. La cara arriba. Molesto sin maldad pero violento y sin ritmo. Los enganchones deslucieron el trasteo pero no emborronaron la buena actitud del albaceteño. Por determinación y quietud de plantas. El escaso oficio del joven Caballero sí que salió a la luz con la plaza ya en la penumbra de la noche. Un pinchazo hondo y un descabello acabaron con la penúltima de feria.
