
David de Miranda, dimensión de figura con guiños “damasistas”
El onubense firma una tarde muy completa y pierde la Puerta Grande en la antepenúltima de feria
La crónica de Salvador Ferrer
Albacete 15 septiembre 2026. Rosa, cielo y malva. De Miranda, Hernández y Pérez. David, Víctor y Marco. Victoriano del Río, ganadería decisiva en la evolución del toreo contemporáneo, hacía doblete. En Murcia y en Albacete. En La Mancha con los dos hierros, Victoriano y Toros de Cortés también.
Un kilo le faltaba al serio primero para los 600. Suave el recibo del onubense, ganando terreno. Bruto el toro, montado, algo aleonado, poderoso en el caballo. No le importó al torero, que quitó por gaoneras en los medios. Un poste. Brindó al público y firmó un prólogo torerísimo. Un trincherazo tuvo aroma del sur. Hondura y gusto. Se colaba el toro. Se vencía sin ir convencido. Tragó el torero, que es quien sí convence cada tarde. Qué importante tragar para no pagar las consecuencias después. Se impuso David ante un toro informal que acabó rajándose. De Miranda gana en expresión y torería cada tarde. Petición de oreja no atendida por el presidente. Dio una merecida vuelta al ruedo y hubo pitos al juez de plaza. Más allá de las orejas, la dimensión de David es imparable.
El burraco cuarto, lámina de Los Bayones, se movió con franqueza en los primeros compases. David comenzó de rodillas la faena. Hermosos ayudados y un de pecho cumbre. De hinojos, ya metió los riñones y toreó con la palma de la mano. Hubo pasajes notables con la izquierda, excelentes, muletazos con mucho pulso. Pura cadencia. Firmeza y capacidad. Tuvo buen son el toro. David de Miranda acabó entre los pitones. Un homenaje a Dámaso en la plaza del Rey del Temple. Una invasión al espacio del toro. A pies juntos, como epílogo, le recetó un ramillete de naturales enroscados de bello dibujo. De menos a más la intensidad. Y la unanimidad. Pinchó una faena de premio gordo. Tarde importante del onubense en La Mancha que pudo irse con tres orejas. El acero se llevó el premio pero no emborronó un valor de hierro y un torero in crescendo con vitola de figura. La sentida ovación fue emotiva.
El segundo salió con muchos pies y apretando a tablas. Víctor le hizo un meritorio quite por saltilleras. Tenía carbón el domecq de Guadalix. Toro notable. Por estatuarios abrió faena el madrileño. Hubo una serie con la derecha frondosa, ligada, templada, profunda. Bravo el victoriano, mejor cuanto más le bajaba la mano el torero. Al natural le sacó cuatro o cinco de mucha quietud pero menos intensidad. Cambió ipso facto a la diestra. Pero ya no fue lo mismo. El toro fue a menos, como la faena. Toro y torero fueron aplaudidos. Gran toro.
El acapachado quinto, bajo y bien hecho, embistió con ritmo y nobleza. Pedazo de toro. La expresión, la cara colocada, se ralentizaba en el embroque. Un lujo de Victoriano. De rodillas inició el madrileño con un pase cambiado. Mérito tela. Hubo momentos soberbios, con la izquierda, y tramos más irrelevantes. Pero este torero tiene el don como para que un día pueda reventar Las Ventas con quince naturales. Pinchó con la espada una labor que pudo ser de oreja. El toro fue de dos.
Marco Pérez recibió al tercero a la verónica. Extenso el saludo, bien jugados los brazos y ganados los pasos y el terreno. Brindó Marco al público un toro que se aburrió pronto. Y mosqueaba esa forma de medir, de dudar, de pasar sin querer… El que no dudó fue Marco ante parones y medias arrancadas. El salmantino exprimió todo el jugo del toro. Muy buenas sensaciones del joven y muy listo espada.
El precioso sexto, burraco y hondo, fue toro violento. Brusco, con sus oleadas de animal aquerenciado. Descompuesto, calamocheaba. Manseó. Marco se llevó el peor lote. Hizo bien en abreviar.
Salvador Ferrer
Periodista
